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Querido amigo...
Me confías, en tu última carta, una dificultad, un malestar, que proviene precisamente de tu oración...En tu Lectio Divina, al acoger la Palabra de Dios, te sientes a veces indigno e incómodo. Te asusta pensar que en la oración y en la Palabra rezada, Dios te visita, que El viene a establecer su hogar en ti, que hace de ti, de todo tu ser – cuerpo y alma -, su morada.

¿Cómo es posible todo ello? Las tentaciones todavía están presentes, con todas sus fuerzas y todas sus seducciones: el pecado, las caídas no se han desarraigado, por lo contrario, la Palabra de Dios que conoce y juzga tu corazón manifiesta esta contradicción en Ti, entre lo que desearías hacer y que no haces, y lo no desearías hacer p ero haces. Tu comunión con Dios y con tus hermanos queda amenazada, parece a veces hasta negada…De esta manera, sientes tu corazón contrito, resquebrajado...Y en tu corazón, el fariseo que está ti se encuentra reducido a mil pedazos: un yo narcisista pero ilusorio, un yo que se nutre solamente de la voluntad de la auto-perfección.

Si, ese es el momento de gracia, aún si es doloroso, es el momento en el que podemos lograr ser concientes de la humillación “primaria” que ni Dios, ni los otros nos la imponen, nos la inflingimos nosotros mismos. Se trata pues de reconocer que el corazón contrito es un corazón humillado. Y es de la humillación que podrá nacer el camino de la humildad, aquella virtud tan necesaria en la vida interior del cristiano.

Frente a la humillación que sientes en tu corazón por el pecado que lo habita, es necesario que confíes en que Dios es más grande que tu corazón y que su gracia logra obrar en nosotros, una vez que nos descubrimos pecadores, enfermos, cuando sentimos la necesidad de la misericordia de Dios y su salud: la humildad nace de la humillación.

No es por casualidad que Jesús, deseando ofrecer una enseñanza sobre la oración auténtica del cristiano, haya contado aquella parábola del fariseo y el publicano en el templo, y dirige nuestra atención por un lado a aquel que se siente justo ante Dios y el otro, el pecador publico, que npo sabe mas que repetir: “¡Señor, ten misericordia de mi!”

El encuentro con Dios se produce en la humildad. Y escúchame bien: se trata de la humildad de Dios ante todo, porque, como lo dice San Francisco, “Dios es humildad”, y siempre se abaja cuando habla con nosotros; luego de la humildad de la persona que ora.

La humildad es el valiente conocimiento de ti frente a Dios, que ha manifestado su humildad en el abajamiento de su Hijo Jesús hasta la muerte infame en la Cruz. Nadie ha visto a Dios (Juan1, 18) sino el Hijo Jesucristo, hombre “dócil y humilde de corazón...” (Mateo11, 29)

La humildad es la herida impuesta a nuestro narcisismo, que nos lleva a lo que somos en realidad, a nuestro humus, a nuestra condición de creaturas, y que nos guía así en el camino de nuestra verdadera humanización, que nos empuja a “convertirnos en hombres” tal y como Dios nos ha pensado y deseado. La humildad es la condición con la que logramos amar de verdad: ¡amar a Dios y a los demás! Allí, donde existe humildad, existe el reconocimiento de Dios y del otro: y se hace posible abrirnos a la caridad. No olvides que según las Santas Escrituras, el gran pecado, es el orgullo, (ver Salmo 19, 14), ese enceguecimiento que nos impide vernos en verdad y que nos impide ver a los otros y a Dios. Esa es la razón por la cual los padres del desierto nos advertían: “¡Aquel que conoce su propio pecado es mas grande que aquel que hace milagros y resucita a los muertos!”

Querido amigo, no temas entonces si en tu encuentro con Dios, tu corazón se torna humillado: ya que en ese humus nacerá el hombre nuevo que El podrá engrandecer.


(Traducción de la Carta del Abad Enzo Bianchi del Monasterio de Bose , publicada en la revista Panorama)

Y el tema musical que escuchas mientras lees la carta lo ofrece Sharmane y se titula "I surrender."

¡Que tengas lindos días!

Jesús te ama.

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